Hoy quiero compartir algo que se está haciendo muy habitual durante las regresiones. Y es el hecho, de la aparición de los seres fallecidos de los consultantes. En realidad, cuando vamos a trabajar en regresiones, es porque vamos a buscar el origen de una creencia limitante, o un patrón de conducta que no podemos cambiar. Podemos empezar a buscar desde un síntoma físico, o desde aquella emoción que nos está desequilibrando. Pero últimamente, y cada vez más seguido, nos encontramos que ese pensamiento recurrente que nos agobia no es nuestro. Es de un alma que vive en nuestro campo desde hace tiempo, y nos “comparte” su malestar. Nos transmite su vibración, sus patrones de pensamiento y sus creencias. Con el tiempo, nos mimetizamos con esa entidad, pensando que “somos así y eso no lo podemos cambiar”. Y en parte es verdad, no podemos cambiar algo que no es nuestro, porque la fuente está en otro ser… Pero también es cierto que lo atraemos a nuestro campo por resonancia. Y seguimos retroalimentando esa unión que no nos beneficia en nada.
Es difícil digerir en el mundo actual, que algo así pueda pasar. Parece que estamos relatando una película de miedo. Y como no va a ser así, si hemos vivido siempre buscando en «el afuera», el origen de nuestros males. Si escucháramos y cuestionáramos nuestros pensamientos y sentimientos más íntimos, tanto como cuestionamos al mundo exterior, existiría la posibilidad de poder darnos cuenta si “alguien” nos acompaña.
Concretamente, me han venido insistentemente a la mente tres señoras, tratadas este último mes. Y no sé por qué, pero creo que hay que escribir sobre ello, quizás pueda ayudar a alguien que lo necesite. Hoy comienzo por Clara. (Uso nombres ficticios para no incomodar a las protagonistas)
Clara es una señora de cincuenta y siete años, soltera, sin hijos. Una mujer muy amable y servicial pero retraída. Su hermana la trae a la consulta porque desde hace algunos años no puede atravesar puentes, salir a terrazas, ni a balcones. Tampoco puede subirse a ascensores ni a escaleras mecánicas. Todo esto le da palpitaciones, miedo, parálisis, pero sobre todo siente que se “encoge por dentro”. En la charla inicial, denota mucha emoción cuando relata que, a sus siete años, ve como su idolatrado padre es llevado al hospital por una pulmonía. La última frase que escucha de él es “no quiero ir, si me sacan de esta casa me muero”. Su padre muere en el hospital, sin que sus hijos puedan ir a verlo.
Antes de esto, ya había llamado mi atención, como resumió toda su problemática en una sola oración: “En fin, fuera de mi casa, estoy muerta”.
Luego de la relajación profunda, hacemos la técnica de regresión a vida pasada/infancia, para buscar el origen del problema, pero no hay éxito. “Aquí no hay nada, estoy yo sola” me decía. Así que enlazamos con la técnica de liberación de entidades, ya que el padre podría estar allí viviendo como una entidad. Pero tampoco hubo éxito. “Aquí no hay nadie, lo siento, pero vuelvo a estar yo sola”. Entonces seguimos “caminando juntas” a un espacio más elevado de conciencia, donde se suelen encontrar a los seres fallecidos que ya han pasado a la Luz. Y allí estaba él, su padre, esperándola. Es difícil contener la emoción que me produce presenciar estos encuentros. Después de 50 años, se volvían a ver, y ella podía abrazarlo como antes no había podido hacerlo. Pudo decirle todo lo que llevaba guardado, y pudo agradecerle los hermosos recuerdos que tenía junto a él. Una vez pasados estos primeros momentos cargados de amor, se debe continuar con el trabajo terapéutico. Así que aproveché para pedirle que le pregunte a su padre (que entendíamos ya estaba en la Luz), una pista sobre el motivo de no poder cruzar un puente. A lo que el padre responde tajante: “Soy yo. Yo no te dejo. Olvídame por favor”. Sorprendida, le pido que le pregunte por qué aún está aquí, y el padre responde que su hija no lo suelta. Por eso él está generando esos síntomas físicos. Ya quiere ser libre e irse.
Generalmente, son los seres fallecidos que no se quieren soltar, y hay que convencerlos, explicándoles como realmente perjudican al ser querido que quieren proteger. Pero en esta ocasión era lo contrario. Clara se aferró a su padre el día que lo vio salir por la puerta hace cincuenta años, y no quiso soltarlo más. Lloró mucho, le dolió en el alma, soltarlo. Solo repetía entre llantos, “mi padre es para mí”. Tuve que contarle como ella lo estaba perjudicando a él, y también a ella misma. Hasta que finalmente accedió. Se despidieron largamente y lo liberó pronunciando unas palabras desde lo más profundo de su corazón. Fue una de esas sesiones en la que me cuesta no ponerme a llorar a la par.
Por primera vez en cincuenta años, Clara está sola consigo misma. Tiene toda su energía a su disposición toda. Siente que es dueña de todo su pecho para respirar profunda y ampliamente. Su hermana me comenta entre lágrimas de alegría que la ve liberada: “Parece otra persona, es la hermana soñada que siempre quise tener”.
Me queda de aprendizaje la siguiente reflexión: Qué importante es acceder a una educación que nos instruya sobre la Vida. Esta incluye un paso temporal por el plano físico, pero este no es el final. La Vida abarca un ciclo que alterna entre el plano físico y el no físico. Y debemos permitir, el libre fluir entre estas dos fases para disfrutar de nuestra experiencia, pero también para no perjudicar ni perjudicarnos en la evolución del Alma.
Un abrazo,
¡Feliz semana!


